HISTORIA DE VIDA


Edición Número 256 del 1º de Julio de 2019

DELINA DEL CARMEN MÉNDEZ
DELINA DEL CARMEN MÉNDEZ
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

Delina del Carmen Méndez nació el 13 de abril de 1937, junto al volcán Tromen, en la localidad de Buta Ranquil, provincial de Neuquén. Ana Raquel Moyano y Nicolás Segundo Méndez fueron sus padres.

Decile en papel

“Nosotros fuimos muchos hermanos pero nos criamos cuatro, porque los otros fallecieron recién nacidos. Mi hermano mayor se llamaba Eulogio, le decíamos Tito, después seguían María Mercedes y María Bersabeth, la única que ahora está con vida de todos soy yo. Mi mamá falleció muy joven, como a la edad de 32 años, y mi padre se volvió a casar y tuvo otros hijos con esa nueva señora, tengo una hermana de ese matrimonio por Rincón de los sauces. Mi madrastra era muy mala, nos trataba muy mal a nosotros, él siempre le decía que se había casado por el interés de la plata” contó doña Delina al repasar su infancia.

Luego dijo, “de chica tenía que rodear los animales, juntar los piños, las vacas, yeguas. Mi hermano Eulogio falleció a los 27 años, le hicieron un daño. Quedamos las mujeres solas con el papá y por eso tuvo que contratar peones y empleadas para la cocina. En cuestión de plata nos criamos muy bien. Hacíamos muchos quesos por día y los aperchábamos como quien hace una pila de ladrillos, teníamos hacienda lechera y de quesería. En tiempo de invierno sabíamos andar con la nieve a la altura de la rodilla cuidando a los animales, ahora cae nieve y la gente se asusta, pero es escarchillita en comparación con las nevadas que yo he vista de chica (risas)…En la casa había caballos de carrera chilenos, tenía cinco pesebreras para cuidar los caballos y los padrillos, que en setiembre se largaban para que estuvieran con las yeguas. No me mandaron nunca a la escuela. Tenía un tío que era director de escuela y sabía hablar con mi padre para que nos mandara a estudiar pero él nunca quiso, porque decía que nos íbamos a poner de novias y lo íbamos a dejar solo. El finado papá tenía mucho capital, cuando estaba al ladito del Tromen. De veranada íbamos a Cochico, Puerta de Barrancas. Los animales los vendían para el lado de Chile, de allá venían compradores. Nosotros éramos de ir mucho a Chile en el verano, íbamos a lazona de Quinamávida, Curicó y hasta Santiago donde teníamos muchos parientes porque mis abuelos paternos, que no conocí, eran chilenos. Yo me conozco toda la cordillera del norte de Neuquén hasta la laguna del Maule porque para ir para Chile salíamos de Cochico hasta Puerta de Barrancas, de ahí seguíamos hasta la laguna del Maule, que teníamos que cruzar en una parte porque se había cortado la huella de herradura. De la invernada a la veranada, con el arreo, tardábamos como 15 días porque iban chivas y ovejas paridas, teníamos que ir con chivos por delante. La mercadería se traía de Chile y si no se venía a Mechenquil a comprar, donde había un negocio grande. Antes se vendía muy buen la lana de las ovejas, la cerda de las yeguas. En mi casa a las yeguas se las tusaba bien, se les cortaba la cola y eso se vendía. A los padrillos se les deja la cola larga para distinguirlos fácil en el campo”.

Al recordar el puesto donde se crio mencionó “teníamos lindas casas en el puesto, las paredes eran de piedras pegadas con barro y los techos de carrizo con barro encima. El barro se preparaba durante varios días con arcilla y bostas de caballo y de vacas. Si se llegaba a gotear un techo, antes de llover, se le ponía al techo ceniza del fuego de la cocina y así se tapaban las goteras.En el invierno tejíamos al telar y bordábamos. La lana para tejer era de la que se esquilaba las ovejas y las tintas se traían de Chile, el papá nos ayudaba a torcerla y mi hermano, cuando salía a ver las vacas, se llevaba un huso para también hilar (NdR: Un huso es un objeto que sirve para hilar fibras textiles. En su forma más simple es un trozo de madera largo y redondeado, que se aguza en sus extremo y que en uno de ellos, normalmente el inferior, lleva una pieza redonda de contrapeso y tope, llamada malacate, nuez, tortera o volante). En mi casa no se descansaba nunca. Como en mi casa se festejaba el día de la Virgen del Carmen, el 16 de julio, teníamos que preparar mucha comida ¡Siete días duraba la fiesta! Se carneaba una vaquillona, tres o cuatro capones grandes, pavos, gallinas. Se hacía pan dulce, salado, pastelitos. Habian barriles de vino, agua ardiente, chicha. Hasta que no se terminaba toda la comida que se preparaba no se terminaba la fiesta. La gente se comportaba con mucho respeto. Unos parientes de Chile venían a tocar la guitarra y el acordeón. A la Virgen se le sacaba la novena, en la casa teníamos un altar grande con la Virgen y otros santitos. Cuando nos íbamos a la veranada empezábamos a preparar todo con mucho tiempo de anticipación. Se hacían dos o tres bolsas de pan, tortas fritas, para no estar haciendo de camino. El papá mandaba a moler trigo, en un molino que había en Ranquil vega, Buta Ranquill, y llevábamos para el ñaco. Cada vez que parábamos a alojar había que descargar todo para que los animales descansaran y al otro día madrugar a cargar de todo. Mi hermano era muy predispuesto para hacer esas cosas y siempre el papá contrataba gente para que lo ayudara en el arreo. Con mis hermanas nos encargábamos de la comida, había que alimentarse bien porque el trabajo era mucho y muy duro. Nosotros llevábamos papas, zapallos, cebollas, para hacer comidas y no pasar todos los días a puro asado. Cuando llegábamos a Charileo había que hacer puentes para pasar de tan hondos que venían los arroyos, para eso llevábamos cargas de madera desde la invernada. Muchas veces llegábamos a un lugar y teníamos que salir a buscar agua a alguna vertiente en damajuanas de 20 litros o en baldes”.

A la edad de 25 años Delina se casó y dejó el puesto de su padre. Tuvo siete hijos: Eduardo (Lalo), María, Graciela, Silvia, Delia, Irma y Rosa.

“Cuando me casé nos fuimos a vivir con mi marido a Sierra Negra, cerca de Pata Mora. Mi papá me entregó muchos animales, pero mi marido empezó a vendérmelos. Sufrí mucho cuando estuve casada, por eso me aparté teniendo a mis hijos chicos. Él me pegaba mucho y la que trabajaba era yo, trajo una mujer a mi casa y los encontré acostado en mi propia cama. Tomé de decisión de venirme, con mis hijos y lo puesto a Malargüe, que hasta ese momento no conocía. Cuando llegué aquí estuve en casa de la finada abuela Guillermina Cara, la cuidaba a ella y mandaba a mis chicos a la escuela, después trabajaba en otras partes. Yo he lavado, planchado, cuidado niños, hecho comidas ¡Se me hacían las 10 de la noche y estaba planchando, pero así crie a mis hijos! Cuando don Jorge Vergara fue intendente la anterior vez me dio los materiales para hacer mi casita, donde ahora vivo en el barrio Martín Güemes (la mujer posee una vivienda del denomina Plan PAN)”.

“Tomar de decisión de dejar todo y venirme no fue fácil, más con todos los hijos chicos, pero la tranquilidad no tiene precio y Dios nunca desampara cuando una está dispuesta a trabajar honestamente en lo que sea. Yo cerré la casa y dejé todo como estaba, me subí a un camión que pasó por el puesto y me vine para no verle la cara nunca más a mi marido. Trabajé hasta que tuve una quebradura grande, ahora estoy bien, gracias a Dios”, acotó más adelante esta lúcida bisabuela de 82 años.

Doña Delina, jubilada pero de espíritu movedizo, vive junto a una de sus hijas y nietos, es feliz porque, como ella dice, hizo lo que tuvo que hacer, cuando lo tuvo que hacer.



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