HISTORIA DE VIDA


Edición Número 259 del 15 de Agosto de 2019

DELMIRA DEL CARMEN MUÑOZ
DELMIRA DEL CARMEN MUÑOZ
Eduardo Araujo

Por Eduardo Araujo

“Ya cumplí los 89 años y estoy pisando los 90, según mi documento, porque tal vez tengo más edad, es que antes nacíamos en el campo y nos presentaban en el Registro Civil cuando los padres nos presentaban. En el documento tengo que nací el día de San Antonio, el 13 de junio de 1930. Antes nos criábamos como bichitos en el campo, sin conocer nada, no nos mandaban a la escuela, a mí me mandaron cuando tenía unos 10 o 12 años y cuando estaba aprendiendo a leer mi madre me sacó porque me decía que iba aprender a leer y a escribir y me iba a ir con un hombre. Una que no entendía nada de esas cosas se preguntaba qué sería eso. Yo de grande vine a civilizarme porque de chica disparábamos de la gente, cuando llegaba alguien a la casa nos escondíamos. Los padres de antes no eran como los de ahora que un niño de 10-12 años ya sabe las cosas de la vida” contó doña Delmira del Carmen Muñoz, protagonista de la Historia de vida de este número cuando la entrevistamos la semana pasada.

Sus padres fueron Margarita Rosa Berra o Centeno y Avelino Muñoz.

Continuando con su relato expresó “nosotros nos criamos por el lado de río Grande, somos nacidos para el lado de El Payén, después nos fuimos a vivir a Mechenquil y de ahí a Bardas Blancas. Mi padre era chileno neto, un hombre muy bueno, que nunca nos pegó ni nos gritó. Mi madre era todo lo contrario. El papá era un hombre muy guapo, trabajador, sembraba mucho trigo, maíz, zapallo, de todo, no nos faltaba la comida. Nosotros fuimos ocho hermanos, uno se llamaba Juan, otro Manuel, Arturo y mis hermanas Orfelina, Humilde, Sara y Rosa Clementina. El Arturo y la Clementina eran hermanos por parte de madre. En mi casa cuando llegaba gente nosotros teníamos que desaparecer y si esas personas se quedaban dos o tres días nosotros no entrábamos donde estaban ellas. Teníamos que salir a buscar leña, recorrer el campo. Todavía me acuerdo cuando nos vinimos a vivir a Bardas Blancas, el puente largo que hay en el río Grande lo estaban construyendo. Nosotros tuvimos que vadear el río que tenía como dos brazos de agua. La gente que trabajaba en la construcción del puente nos ayudó a cruzar. Como yo le tenía miedo a la gente me cruzaron hasta una islita que había hecho el agua, vino un hombre a querer pasarme y yo disparé para el lado de la profundidad, tuvo que venir mi papá a cruzarme y me pasó en el caballo. Cuando llegamos mi papá empezó a trabajar con la familia Bugarín y con los Ruíz. Nosotras le hacíamos muchos trabajos de lavado y de cosas de la casa a la señora Leonor Bugarín, una mujer muy buena. Ellos tenían un negocio muy grande, me acuerdo que cuando nos atendía don José nos daba galletas y golosinas de regalo. Ellos sembraban en un lugar que le llamaban El rincón. En Bardas Blancas habían muy cosas casitas y me acuerdo que al tiempito empezaron a pasar los camiones que iban a Mina Car y volvían cargaditos de carbón que traían hasta Malargüe. Noche y día pasaban esos camiones por la ruta”.

Más adelante mencionó que su padre supo trabajar en Mina Car y que escuela de Bardas Blancas funcionaba en una vivienda precaria ubicada en el costado norte del río Grande, antes de cruzar el puente y cerca del negocio de la familia Bugarín.

“En mi casa habían unas ollas de fierro grandes y ahí se preparaba la comida, me acuerdo que se le ponían de todas verduras, porque antes se sembraba mucho. A mi papá, que era un buen sembrador, la gente lo buscaba para que hiciera huertas, potreros, araba la tierra con arados tirados por caballos y también por bueyes, porque en ese tiempo en el campo se usaban los muchos los bueyes para hacer esos trabajos. En mi casa se hacía todos los años charque, porque el papá tuvo algún capitalito de animales” recordó más adelante.

Evocó las fiestas que se hacían en su casa y en otras de la zona cada 16 de julio con motivo de la “velada de la Virgen del Carmen”, para lo cual su madre preparaba mucha comida y especialmente masas dulces.

Doña Delmira se casó con Gilberto Moyano y tuvo 12 hijos, muchos de los cuales se criaron con familias de San Rafael.

“Cuando me casé con mi marido nos quedamos a vivir en la casa de mi mamá. Yo sufrí mucho, cuando mis hijas crecían un poquito ella las daba a gente de San Rafael y algunas no las vi nunca más. Mi marido tampoco me dio una buena vida. A mí, la mamá me trató siempre muy mal y, que Dios me perdone, por eso no la tengo en cuenta, ella ya falleció, sabrá el Señor que será de su alma. Lo peor de todo es que después tuve que vivir con mucho dolor porque algunas de mis hijas me reprocharon eso y a otras no las volví a ver”, acotó entristecida Delmira.

Con el correr del tiempo se separó de su esposo, hizo pareja con Jesús Veas, ex cocinero de Mina Car, y con quien no tuvo hijos. Luego se fue a vivir a San Rafael, donde trató de tomar contacto con sus hijas.Allí tuvo que trabajar de empleada doméstica y realizar varias labores para vivir.

“Ahora miro bien a la gente, me civilicé un poco (risas) y estoy muy tranquila. Cuando estoy en Malargüe estoy un poco en la casa de una hija, que se Blanca, y de un hijo, el Samuel. Le agradezco a Dios que me fue aplacando los nervios de tantas cosas feas que me tocaron vivir. Lo que me he puesto cobarde es para el frío, será de tantos fríos que pasé cuando estaba en el campo, cuando me tocaba salir a la nieve que llegaba hasta las rodillas a uno. Cuando se ponen lindos los días me gusta ir a hacerles misas a los hijos que se me han muerto y a mi papá. En San Rafael me gusta pedirles misas en la Catedral” dijo sobre el final de la conversación doña Delmira, una abuela que tiene hasta tataranietos en nuestra ciudad y que ha logrado encontrar la paz que muchas veces no tuvo en su espíritu gracias al cariño que le prodiga la familia que está junto a ella y su gran fe en el Altísimo.
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